Un poco de historia
El Meiji Jingū se terminó en 1920, dedicado a las almas del emperador Meiji —el que abrió Japón a Occidente y arrancó la modernización del país en el siglo XIX— y su esposa, la emperatriz Shōken. A diferencia de templos centenarios como el Sensō-ji, este es un santuario sintoísta relativamente joven, pero el bosque que lo rodea se diseñó para sentirse como si llevara ahí siglos.
Casi 100,000 árboles, donados por gente de todo Japón, se plantaron a mano para crear un bosque que madurara solo y se sostuviera sin jardineros de por vida —un plan pensado para verse "eterno" en unas cuantas décadas, y que funcionó. Los edificios originales se perdieron en los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial y se reconstruyeron en 1958, pero el bosque nunca dejó de crecer: hoy es uno de los pocos lugares de Tokio donde el ruido de la ciudad desaparece por completo.
Qué ver en el Meiji Jingū
El recorrido es sencillo: cruzas el primer torii, caminas por el sando entre los árboles, llegas al patio con el salón principal y, si te queda tiempo, te asomas al Kaguraden. Estas son las paradas.
El gran torii y el bosque
El primer torii que cruzas —el de la foto de arriba— es una estructura enorme de madera, y no es el único: hay varios repartidos a lo largo del camino. Del otro lado empieza el sando, el sendero de grava flanqueado por faroles tradicionales que atraviesa el bosque hasta el santuario. Son unos 10 minutos caminando, y se sienten como si hubieras salido de Tokio por completo.


Los barriles de sake y de vino
A la mitad del sando vas a ver dos hileras de barriles apilados, envueltos en paja: son kazaridaru, ofrendas donadas por productores de todo Japón en honor al emperador. Del otro lado del camino hay otra hilera, menos esperada: barriles de vino donados por bodegas de Borgoña, Francia —un gesto que viene de los lazos que el emperador Meiji cultivó con Europa como parte de la modernización del país. Verlos uno frente al otro, sake tradicional contra vino francés, resume bastante bien lo que fue esa época.

El patio y el salón principal
El sando termina en un segundo torii y un patio amplio de piedra, con el salón principal (honden) al fondo bajo un techo curvo de tejas oscuras. Antes de acercarte, para en el chōzuya para purificarte las manos como marca la tradición sintoísta. Junto al patio hay un puesto donde se venden ema (placas de madera para escribir un deseo) y omamori (amuletos), igual que en cualquier santuario, pero aquí con más variedad de la que esperarías.


El Kaguraden y el poema del emperador
El Kaguraden es el pabellón donde se celebran las bodas sintoístas y las danzas rituales del santuario —si vas un fin de semana, hay buenas probabilidades de toparte con una ceremonia cerca de aquí. Alrededor del recinto también vas a ver placas con poemas waka del emperador Meiji y la emperatriz Shōken, que en vida escribieron miles de ellos.
Eso explica algo curioso del omikuji de este santuario: en lugar del papelito de buena o mala suerte que conoces de otros templos, aquí te toca uno de esos poemas imperiales, con una reflexión para tu día a día. No hay "suerte" que sacar —solo un poema.


Tips para tu visita
- Madruga. El santuario abre con la salida del sol, y llegar temprano es la diferencia entre caminar el sando casi solo o entre grupos de turistas.
- Si vas en fin de semana, mantente alerta cerca del Kaguraden. Es cuando se celebran la mayoría de las bodas sintoístas —una de las escenas más bonitas que vas a ver en Tokio, siempre y cuando guardes la distancia.
- Combínalo con Harajuku. La entrada al Meiji Jingū está a un paso de Takeshita-dōri, así que te rinde para una sola salida: bosque en la mañana, moda callejera y comida por la tarde.
- Si vas en junio, entra al jardín interior. Es la temporada de los lirios (hanashōbu), y el Meiji Jingū Gyoen se pone en su mejor momento del año.
